Cocos Y Hadas: Cuentos para nias y nios
Julia de Asensi
[1]
El coco azul
Teresa era mucho menor que sus hermanos Eugenio y Sofa y sin duda
por eso la mimaban tanto sus padres. Haba [2] nacido cuando Vctor y
Enriqueta no esperaban tener ya ms hijos y, aunque no la quisieran mas
que a los otros, la haban educado mucho peor. No era la nia mala, pero
s voluntariosa y abusaba de aquellas ventajas que tena el ser la primera
en su casa cuando deba de ser la ltima.
A causa de eso Eugenio no la quera tanto como a Sofa; sta, en
cambio, reparta por igual su afecto entre sus dos hermanos.
Cuando Teresa haca alguna cosa que no era del agrado de Eugenio, l
la amenazaba con el coco y pintaba muecos que pona en la alcoba de su
hermana menor para asustarla.
Teresa tena miedo de todo y slo Eugenio era el que procuraba vencer
su frecuente e incomprensible terror.
No se le poda contar ningn cuento de duendes ni de hadas, ni
hablarle de ningn peligro de esos que son continuos e inevitables en la
vida. Los padres se disgustaban con que tal hiciera, y slo su hermano
procuraba corregirla por el bien de ella y el de todos, esperando
aprovechar la primera [3] ocasin que se presentase para lograrlo.
Rompa los juguetes de su hermana sin que nadie la riese y Sofa
haba guardado los que le quedaban, que aun eran muchos y muy bonitos,
donde Teresa no los pudiera coger.
-El da que seas buena te los dar todos, le deca.
-Y cuando seas valiente yo te comprar otros, aada Eugenio.
Teresa se quedaba meditabunda durante largo rato, sin hallar el medio
de complacerles.
No tena ella la culpa de ser tan miedosa, bien hubiera querido
vencer sus temores para evitar las burlas de sus hermanos y de sus amigas.
Si sala a paseo, tena que volver a su casa antes que anocheciera y era
preciso llevarla a sitios muy concurridos. Si un hombre la miraba, crea
que le iba a robar; si un perro corra a lo lejos, se figuraba que era un
animal desconocido y de colosal altura. Si se despertaba de noche y vea
por la entornada puerta la luz de la lmpara de una habitacin prxima,
imaginando que haba fuego en la casa, [4] saltaba con precipitacin de la
cama pidiendo socorro.
No poda estar sola jams, ni ir a buscar ningn objeto a otro cuarto
sin que la acompaasen.
En su misma alcoba tena que dormir una buena mujer que haba sido su
nodriza y continu despus al servicio de los padres de Teresa. Quera
tanto a la nia que dorma muy poco para poder vigilar su sueo,
despertarla si le atormentaba alguna pesadilla o acostarla con ella si
estaba desvelada por el miedo. [5]
Habiendo cado enferma la madre de Teresa y no bastando los criados
de la casa para velar por si algo se ofreca, mientras acompaaban a la
paciente su marido y otras personas de la familia, forzoso fue que la
nodriza entrara tambin en turno para aquel servicio. Ella se quedaba
vestida junto a la cama de la nia que, sabiendo que estaba all a su
lado, no tena cuidado de ningn gnero.
Una noche, el padre de Teresa llam desde fuera a la antigua criada,
que se apresuro a salir.
-Hay que ir a la botica, le dijo su amo, se ha concluido una de las
medicinas y dice el doctor que es preciso traer ms.
La excelente mujer comprendi que no poda desobedecer aquella orden;
mir a la nia, que dorma con la mayor tranquilidad, se abrig bien y
sali a la calle para cumplir lo dispuesto por su seor.
-Tardar poco, se dijo, y en esta momento Teresa no ha de
despertarse, sera muy casual que as fuese.
No haba querido cerrar la puerta de la alcoba para no hacer ruido.
[6]
En la botica la detuvieron un buen rato porque el excesivo nmero de
enfermos que haba en aquella poca era causa de que tuviesen all muchas
recetas, que se servan por riguroso turno, y el personal de la farmacia
ms prxima era bastante escaso.
Apenas hara un cuarto de hora que haba salido la nodriza, cuando
Teresa se despert.
-Mariana! Mariana! llam por dos veces.
Nadie le respondi. Como era la primera vez que esto haba sucedido,
pues la mujer, que tena el sueo muy ligero, contestaba en seguida que
oa la voz de Teresa, sta empez a alarmarse y se sinti invadida de
aquel invencible terror que tanto le atormentaba. Crey que a sus voces
acudira su padre o alguno de sus hermanos, en el caso de que stos no se
hubiesen acostado todava.
Al poco rato encendieron una luz en la habitacin inmediata. Fijos
los ojos en la entornada puerta, la nia ces de gritar y se qued
inmvil.
La puerta se abri entonces por completo [7] y apareci en ella una
figura negra con un palo en la mano.
-Si no te callas te llevar conmigo, le dijo con atronadora voz. A
quin llamabas? no puedes estar sola?
Ante aquella amenaza la pobre nia se ech a temblar y ocult el
rostro con las sbanas.
-Mrchate, coco negro, murmur al fin, que yo ser buena.
La figura negra desapareci.
Apenas haba salido, Teresa empez a llamar a gritos a su nodriza.
En la puerta apareci otra figura vestida de azul. sta se acerc a
la nia a pesar de sus protestas, y coloc encima de su cama una hermosa
mueca.
-Vete! exclam Teresa llorando.
-No me ir sin que me escuches, contest el fantasma. Yo soy el coco
azul y quiero mucho a los nios buenos, a los que doy dulces y juguetes;
mas para esto es necesario que no me teman ni tengan miedo a nada. En el
ltimo piso de tu casa hay un cuarto obscuro, del que sin duda has odo
hablar, que sirve para guardar bales y [8] muebles viejos; en un rincn
de ese cuarto hay muecas, sillas, mesas y camas para una casa de
aquellas, juegos de caf, batera de cocina, almendras, caramelos, y otras
cosas buenas o bonitas. Si maana te atreves a ir all sola, de da, todo
ser para ti, si no se lo dar a otra nia.
-Son los juguetes como los de Sofa? se [9] atrevi a preguntar
Teresa, porque aquel coco no le pareca tan malo como el negro.
-S, como los de Sofa.
-Y sern para m?
-No lo dudes.
-Pues bien, coco azul, si te marchas enseguida, maana ir por ellos.
A Teresa le pareci que el coco se burlaba de ella, porque apenas
poda contener la risa. Cogi la mueca y se alej precipitadamente.
La nia ya no se atrevi a gritar, temiendo que apareciese un coco de
otro color. Si el azul no le engaara! Si todos aquellos juguetes y
golosinas fuesen para ella! Por qu se haba llevado la mueca otra vez?
Su conciencia le deca que en realidad no la haba ganado, porque tena
muchsimo miedo.
Cuando la nodriza volvi, encontr a Teresa con los ojos abiertos,
pero callada.
-Qu buena es mi nia! dijo besndola; as te quiero yo ver, sin
miedo aunque no est contigo. He tenido que ir a la botica a buscar una
medicina para tu mam, que ya est muy aliviada y pronto podr levantarse.
Ya no me separar ms de ti. [10]
-Estamos solas, Mariana?
-S, solas, como siempre a estas horas, respondi la nodriza.
-Pues acrcate a m, que te voy a contar lo que me ha pasado.
Y hablando muy bajito, le refiri la visita de los dos cocos.
-Habr soado todo eso, pens la criada.
A la maana siguiente, al observar que haba dejado un mantn negro
sobre una silla y que las cortinas del balcn y de las puertas eran
azules, supuso Mariana que, asustada Teresa, los haba tomado por
fantasmas y que haba soado que le haban dicho todo aquello. Vino a
confirmar esta idea el or que Teresa en sueos nombraba sin cesar al coco
azul.
Al otro da se levant la nia pensando en los prometidos juguetes y
decidida a armarse de valor para ir a buscarlos.
-Subir despus del desayuno, se dijo.
Pero no se atrevi entonces y lo dej para cuando acabase de
almorzar.
-No sales hoy a paseo? le pregunt Sofa.
-No, contest Teresa, tengo que hacer en casa. [11]
-Ah! tienes que hacer? repiti rindose la hermana mayor.
-Si, y no te burles.
-Famosas ocupaciones sern las tuyas!
-Si me atreviera te las dira.
-Pues atrvete.
-Es que... no s si es preciso guardar el secreto.
-Conmigo seguramente no, profiri Sofa.
Teresa pareci vacilar un poco, pero al fin, como su hermana era
buena para ella y poda darle un consejo, se decidi a contarle la
aparicin del coco negro y la del coco azul. Al terminar suplic a Sofa
que subiese con ella al cuarto obscuro.
-Eso no puede ser, le replic, te han dicho que vayas sola y si te
acompao ya no habr de fijo ni juguetes ni dulces.
Larga fue la lucha que tuvo que sostener Teresa; varias veces lleg
al primer tramo de la escalera, porque hasta l la llev de la mano su
hermana, pero no hubo medio de que pasara de all.
-Ir contigo hasta la puerta del cuarto, le dijo Sofa. [12]
Pero aunque subi con Teresa no logr que la nia entrase sola.
-Djalo para maana, a ver si tienes ms valor, le aconsej la otra.
-Maana no estarn los juguetes...
-Puede ser que s.
Por la noche tambin tuvo Mariana que dejar sola a Teresa para
acompaar un rato a la enferma, que haba tenido un gran alivio en su
dolencia, pero cuyo estado exiga siempre un cuidado asiduo.
La nia se despert y vio, como la noche anterior, al coco negro que
la amenaz y al coco azul que la trat con dulzura.
Tuvo menos miedo al primero y hasta se atrevi a mirar detenidamente
al segundo. Aquel coco le era simptico y conoci que acabara por
familiarizarse con l. Prometi a la nia ir al da siguiente con ella al
cuarto obscuro.
Y en efecto, a las diez de la maana estaba esperndola en el primer
descanso de la escalera, con su hermoso manto de cielo que le cubra desde
la cabeza a los pies. Teresa se acerc al coco y subi con l hasta lo ms
alto de la casa. Al llegar [13] all abri la puerta y la nia vio que el
cuarto estaba profusamente iluminado con velas y farolillos y en el fondo
estaban los juguetes ofrecidos y otros muchos y las golosinas que a ella
ms le agradaban.
Encantada Teresa al ver todo aquello, empez a saltar de alegra y a
coger cuantos objetos pudo colocndolos en su delantal, para bajarlos a su
cuarto en menos tiempo. El coco azul le ayudaba en su tarea, y all
apareci tambin el coco negro para terminar ms pronto.
Cuando todo estuvo trasladado, como Teresa era ya una nia bien
educada, dio las gracias a los cocos que le pidieron un beso. Ella cerr
los ojos para no verles la cara y obedeci. Entonces el coco negro y el
coco azul desaparecieron.
Los dos corrieron al cuarto del padre de Teresa, se quitaron su
disfraz apareciendo: bajo el traje del coco malo Eugenio, y del coco bueno
Sofa.
-Ha estado la nia ms valiente de lo que esperbamos, dijeron.
Poco a poco fue perdiendo Teresa el miedo a todas las cosas naturales
y sobrenaturales, [14] pero, aun siendo mayor, sigui ignorando que los
cocos haban sido sus hermanos.
Si algn da no saba la leccin, le deca su madre:
-Mira que va a venir el coco negro.
Y aprenda pronto al or esta amenaza.
Sonrea dulcemente, como si de algo muy querido de ella se tratara,
cuando, despus de haber hecho una cosa buena le decan:
-En recompensa, se lo contaremos al coco azul.
[15]
Las buenas hadas
La pobre Micaela se haba quedado viuda siendo muy joven y con
escassimos recursos. Gracias a la caridad de una vecina, [16] que cuidaba
a su nico hijo de edad de cuatro aos, haba podido ponerse a servir,
pero aquella excelente mujer haba muerto poco despus y la viuda se vio
obligada a llevarse a su nio, perdiendo por esto la colocacin que tena.
All, en una pequea aldea donde haba nacido, vivan algunos
parientes suyos, los unos ricos, pero avaros; los otros en tan triste
situacin como ella. A fuerza de economas haba reunido lo necesario para
pagar el viaje y se puso en camino con su hijo, del que no se quera
separar.
Poco se acordaban en el pueblo de la viuda y la recibieron con desvo
o con frialdad. Ella tena a su Flix para consolarse, porque el muchacho
era dcil y bueno y adoraba a su madre.
La pobre mujer alquil un cuarto muy pequeo, con dos habitaciones
nicamente, y se dedic a coser y a planchar, reuniendo una parroquia muy
reducida aunque trabajaba bien y se haca pagar poco, mucho menos que las
otras costureras y planchadoras del lugar.
Haba arreglado pronto su casa, porque [17] no tena apenas muebles,
pero stos eran limpios y no de mal gusto, por lo que Flix no pudo darse
cuenta al principio de los sacrificios que la madre se impona para que el
nio no viviese peor que los dems de su clase.
No iba a la escuela, pero tampoco bajaba a jugar a la calle, viendo
sta desde su ventana adornada con unas cortinas de percal, dos tiestos,
con claveles el uno y geranios el otro, y una jaula con un pjaro.
Flix quera mucho a aquel jilguero que, sabiendo su aficin a los
pjaros, le haba llevado un da su madre. Estaba encerrado en una pobre
jaula que el inquilino que haba ocupado antes que ellos el modesto
cuartito, haba dejado abandonada. Era de madera y alambre, muy tosca, muy
vieja y muy sucia, pero al muchacho, que no haba tenido nada mejor, le
pareca buena. La dificultad principal para el nio era el dar de comer al
pajarito por la imposibilidad en que se hallaba de comprarle caamones o
alpiste. Le mantena con miguitas de pan, no siempre tierno, y unas hojas
[18] de escarola que peda de vez en cuando a una verdulera parienta suya.
El jilguero conoca bien a su dueo y le saludaba con su alegre canto, ms
melodioso desde que tena por vecinos a dos canarios.
La casa que haba en frente de la que habitaba Micaela era un bello
edificio bastante antiguo, de severa fachada, anchos balcones en el piso
principal, ventanas en el segundo y en el bajo y en el centro de ste una
gran puerta con marco de piedra y sobre ella un escudo de armas.
Durante mucho tiempo aquella casa haba permanecido cerrada y desde
haca pocos das la ocupaba una ilustre seora, viuda de un duque y madre
de dos nias. Los canarios pertenecan a stas. Apenas si conocan en el
pueblo a la madre y a las hijas, las crean altivas y dichosas en su
soledad, poco dispuestas a procurar el bien de aquellas gentes que casi en
total dependan de ellas, ya porque las casas que ocupaban fuesen
propiedad suya, o porque tuviesen arrendadas tierras que les pertenecan
de igual modo.
Flix estaba muchas veces asomado a la [19] nica ventana de su casa;
pero en cuanto vea en los balcones de en frente a alguna de las nias, su
natural timidez le obligaba a ocultarse.
Lleg una temporada muy mala para la pobre Micaela, que no encontr
trabajo, y la infeliz tuvo que pedir limosna para mantenerse ella y dar de
comer a su hijo. Hubo un da en que no tuvieron ms que un pedazo de pan.
La madre dio la mayor parte de l al nio, que la comi con avidez.
Pero aun no lo haba comido todo cuando Flix se acord de su
jilguero. El pobre no haba tomado nada desde la vspera y al muchacho le
pareca ms triste aquella tarde el canto de su pjaro.
-Tendr bastante con esta miga hasta maana? se pregunt.
No le dio ms que la mitad de lo que le haba destinado y se comi el
resto, porque l tambin tena mucha hambre.
A la maana siguiente llev Micaela un pedazo de pan todava ms
pequeo y la lucha que sostuvo Flix para dar a su jilguero una parte de
lo que el deba comerse fue todava mayor. [20]
-Madre, dijo -y sus ojos se llenaron de lagrimas-, mi jilguero est
triste y se me va a morir.
-S, nio mo, contest Micaela, pero l encontrar alimento mejor
que t. Djale en libertad, que en el campo no falta nunca algo que
mantiene a los pjaros. Hay frutas [21] maduras, hay granos de trigo, hay
insectos...
-Pero yo no ver ms a mi jilguero, que se olvidar de m.
-Si prefieres que se muera de hambre...
Aquel da dieron a Micaela un plato de patatas guisadas que ella y su
hijo comieron, pero el pjaro no las quiso probar.
Al llegar la tarde, Flix se asom llevando en la mano la jaula que
encerraba al jilguero. Le sac, le dio muchos besos, le puso con cuidado
en la ventana, y sin ver lo que el pjaro haca, porque el llanto
obscureca su vista, se meti precipitadamente en su cuarto, sintiendo la
primera pena, para la que no hallaba consuelo. Cuando se calm un tanto,
volvi a asomarse y vio que el jilguero haba desaparecido. [22]
-Ya habr comido algo, murmur, al menos l no se morir de hambre.
Los tiempos malos seguan y en balde buscaba Micaela una colocacin.
Ella se contentaba con poco; si tuviese dos o tres duros habra podido
comprar cintas, hilos, botones y otros objetos para venderlos en el pueblo
y sus alrededores. Todo era empezar y no dudaba que lograra reunir una
buena parroquia, porque le bastara una pequea ganancia. Sus parientes no
quisieron prestarle aquella insignificante cantidad por temor de que no se
la devolviera.
Una maana, al levantarse Flix, vio que por debajo de la puerta de
su casa haban echado un pliego encerrado en un sobre. Se lo llev a su
madre, que sac de l un papel color de rosa.
-Qu pone ah? pregunt el nio.
Y Micaela ley lo siguiente:
Las hadas Esmeralda y Turquesa, ms conocidas por las buenas hadas,
queriendo dejar un recuerdo a los nios de este pueblo de su paso por l,
les ruegan que escriban lo que desean antes del 1. de junio y depositen
sus peticiones en el hueco del [23] tronco de la encina que hay a la
entrada del campo. El 6 del mes citado recibirn la contestacin. No se
admitir ningn pliego que vaya sin firmar.
-Madre, madre! exclam el nio con jbilo, escribe por m, puesto
que yo no s, y pon al pie de lo escrito mi nombre.
-Pero, hijo t crees que esto es verdad? pregunt Micaela.
-S, s lo es, escribe.
-Pero si no tengo papel ni tinta!
-No importa, en el mismo pliego de las hadas escribe con lpiz.
La viuda riendo al ver la alegra de su hijo se dispuso a escribir y
l dict estas palabras:
Seoras hadas: muy agradecido a sus bondades, les pido que den a mi
madre, a la que tanto quiero, cinco duros, o aunque sea menos, para
comprar algunas cosas que necesita para venderlas por los pueblos, pues
somos muy pobres y hay das en que apenas tenemos que comer. Les pido
adems que me devuelvan mi jilguero, al que tambin quiero mucho. Que no
desoigan estos ruegos les suplica Flix Martnez. [24]
-Ahora, madre, dijo el nio, dame la carta y la llevar sin perder
tiempo.
Y ech a correr, sin descansar hasta que lleg al campo.
All, a la entrada, estaba la encina con un profundo hueco en su
tronco, en el que no haban puesto nada todava.
Flix dej su peticin y se alej lleno de esperanzas.
Pocos das despus las buenas hadas contestaron del mismo modo que
haban escrito antes, citando a los nios del pueblo en el jardn de casa
de la duquesa, que se extenda por detrs del edificio. La hora sealada
era las ocho de la noche.
Apenas son la primera campanada en el reloj de la iglesia, se abri
la puerta del jardn y por ella penetraron los nios y no pocos hombres y
mujeres, entre stas Micaela. Ni un slo muchacho haba dejado de acudir.
Guiados por un criado de la seora, llegaron a una gran plazoleta en
cuyo centro haba una mesa y dos sillones.
Farolitos y vasos de colores perfectamente combinados, iluminaban
aquel pasaje [25] en el que se vean rboles frondosos, perfumadas flores
y cristalinas fuentes.
All, a lo lejos, se oa una msica dulcsima y poco despus se
presentaron varios criados seguidos de las hadas.
Eran muy bellas, de corta estatura, con hermosos cabellos adornados
con ricas diademas de oro cubiertas de pedrera; llevaba en el centro la
una una gran esmeralda y la otra una enorme turquesa. Sus vestidos largos
estaban bordados de plata y un finsimo velo de tul les caa hasta los
pies calzados con preciosos zapatos.
Las dos, con majestuoso ademn, tomaron asiento y los criados fueron
colocando en la mesa, en bandejas cubiertas, los lotes que ellas iban
pidiendo. Haba de todo: la mueca soada por una nia pobre, el caballo
de cartn que deseaba un pequeuelo, el vestido de seda para otra
muchacha, los dulces para un goloso, las armas para un futuro militar...
Ellos lo reciban con gritos de admiracin y de alegra, que parecan
divertir mucho a las hadas.
El lote de Flix fue el ltimo. El hada Turquesa entreg al nio un
billete de [26] banco y el hada Esmeralda el jilguero encerrado en una
jaula bonita y elegante. S, era el mismo, no caba duda, le hubiera
conocido entre mil. Flix agradecido, se arrodill a los pies de las hadas
y bes con entusiasmo sus delicadas manos.
Micaela lloraba al ver colmados sus deseos con una cantidad mucho
mayor que la pedida por su hijo.
Despus del reparto, los muchachos fueron obsequiados con dulces y
con vino, saliendo todos muy satisfechos del jardn.
A la maana siguiente los nios crean haber soado, en particular
Flix que vea a su madre contenta y oa cantar a su jilguero. Micaela
comprendi que el pjaro al volar se haba parado en la casa de en frente
junto a las jaulas de los dos canarios y que se haba dejado coger con
facilidad; pero Flix no lo quera creer y no hubo medio de que viera que
las buenas hadas pudieran ser sus vecinas las hijas de la duquesa. stas
partieron en seguida de all y no regresaron al pueblo.
Todos los aos el 1. de junio fueron los nios a echar sus cartas en
el hueco del [27] tronco de la encina, pero no volvieron recibir los
preciosos dones del hada Turquesa y del hada Esmeralda. En cambio, el
administrador de la buena seora y de sus hijas sigui cobrando muy barato
los alquileres de las casas y de las tierras que haban arrendado y por
orden de sus amas fund una escuela en la que los nios, terminada la
primera enseanza, podan aprender un oficio.
Flix, uno de los ms aplicados, logr al cabo de algunos aos, ser
el sostn de su madre, pagando de este modo el cario y los desvelos que
la pobre viuda haba tenido siempre para l.
[28]
El fantasma del bosque
I
Por qu haban nacido tan iguales aquellos dos muchachos? No eran de
la misma familia ni vivan en la misma clase social. El uno, Guillermo,
era hijo nico del seor del castillo, y el otro, Paulino, de un pobre
soldado. Tenan entonces unos diez aitos, igual estatura, ms bien alta
que baja para su edad, el cabello castao, los ojos negros, grandes y
expresivos, la tez [29] morena y algo plida, los labios gruesos y los
dientes blancos y pequeos.
Decase que la madre de Paulino tena veneracin por la castellana,
encontrndole una notable semejanza con la Virgen que en un cuadro antiguo
trazara un hbil pintor y que se veneraba en la vieja iglesia de aquel
pueblo. Y que as como Guillermo era el vivo retrato de la castellana,
Paulino se pareca al nio Jess que tena la Virgen en sus brazos, igual
en el rostro a la santa imagen que tanto haba mirado su madre antes de
darle a luz.
Si en la parte fsica se asemejaban los dos nios, no ocurra lo
mismo en la moral. Guillermo era bueno, caritativo y amable; Paulino
adusto, retrado y envidioso.
La castellana daba a la mujer del soldado las prendas poco usadas por
su hijo y Paulino verta amargo llanto al ponerse aquellas ropas de
desecho. Por qu no haba de ser l hijo de padres ricos y nobles como
Guillermo y tener caballo, coche y juguetes? Haba alguna razn para que
todos saludaran con cario y respeto a aquel muchacho de su edad y a l no
se dignaran [30] mirarle siquiera? Cunto odiaba a aquel ser afortunado,
nacido el mismo ao que l, pero halagado por los dones de la fortuna,
mientras Paulino careca hasta de lo ms necesario para vivir?
Tuvo un inmenso jbilo cuando supo que Guillermo, por deseo de su
padre, iba a ser enviado a un colegio en el extranjero; as al menos no le
vera, no pasara el disgusto de saber que aquel nio tena todas las
ventajas sobre l, porque estudiando tambin se distingua por su
aplicacin y su talento.
Un enemigo del dueo del castillo llamado Antoln, hombre de malas
costumbres y corazn perverso, contribua a excitar Paulino y avivaba
aquel odio que ni Guillermo ni sus padres conocan. l tambin envidiaba a
aquel opulento seor, al que deba varios favores.
Lleg el da de partir el nio al colegio y Paulino, despus de
despedirse de l, volvi a su casa ms triste y preocupado que de
costumbre.
No por haberse alejado Guillermo fue el otro muchacho ms feliz; oa
hablar a cada [31] paso de sus brillantes estudios, de sus exmenes, que
haban causado la admiracin de cuantos los haban presenciado, de las
simpatas que despertaba. Al fin tuvo la inmensa alegra de que los dueos
del castillo se fuesen a vivir a una ciudad prxima, mientras l
permaneca con sus padres en el pueblo. Poco despus, habindose declarado
una guerra, el soldado parti en defensa de su patria. La pobre esposa,
casi ciega de tanto coser y de tanto llorar, pasaba una vida bien triste
porque Paulino, al que cada da disgustaba ms su modesta vivienda, no
acompaaba sino muy contadas veces a su madre.
II
Un da que el nio haba salido de su casa con objeto de coger nidos
en el campo, prolong su paseo ms de lo debido, llegando a un sitio que
no conoca. Cansado, se sent en un banco de piedra y as le sorprendi la
noche. Era aquel un paraje tan solitario que no haba visto a nadie [32]
cruzar por l durante el tiempo que haba permanecido all. De repente
divis algo blanco, ms alto que una persona, que se adelantaba hacia el
banco. Era un fantasma gigantesco, sin cara, sin brazos y sin [33] pies,
una enorme sombra blanca que a Paulino le pareci que deba de haberse
desprendido de los peascales. Aunque era valiente, aquello le caus
cierto espanto, el temor, que produce siempre lo desconocido.
[32]
Ya haba l odo hablar en el pueblo de aquella extraa aparicin,
pero haba tenido la suerte de no encontrarla nunca. Era el terror de los
pacficos habitantes por sus continuas exigencias; si no le daban dinero,
maltrataba a los infelices que pasaban por el campo despus de vender los
productos de sus huertas en la villa cercana. Calumniaba a las mujeres,
insultaba a los hombres, pegaba a los nios, y nadie se atreva a hacerle
frente creyndole la mayor parte de los aldeanos el alma de un bandido
famoso que hubo all en otro tiempo y que no quera recibir ni el mismo
Satans en su reino.
Sin poder huir, Paulino se detuvo, esperando que el fantasma le
hablase.
-Quieres ser rico? le pregunt, quieres ser feliz? quieres ocupar
el lugar de Guillermo? [34]
El nio no se atrevi a contestar.
-De tu respuesta afirmativa o negativa depende tu porvenir. Quieres?
-S, murmur al fin el muchacho.
-Pues ve a casa de Antoln y all te explicarn lo que has de hacer.
Paulino se alej rpidamente, en tanto que el fantasma se internaba
en el bosque.
Cuando el nio lleg a la casa de Antoln, hall a la mujer de ste,
a la que llamaban en el pueblo la bruja, sentada delante de la puerta. Al
ver a Paulino, le habl con cario y le hizo entrar en su casa.
-Dnde est tu marido? pregunt l.
-Ha ido hoy de caza y hasta las once no volver, respondi ella; pero
entra, que yo te recibir como Antoln.
-T podrs explicarme...
-Todo lo que quieras.
Hizo sentar al muchacho y le habl as:
-El padre de Guillermo envi el cochero al pueblo de H... para que
recogiese a su hijo que volva de su colegio a pasar las vacaciones en la
ciudad donde su familia habita. El padre no pudo ir a buscar al nio ni
[35] tampoco su madre, que est enferma. El cochero era de toda confianza
y hasta el citado pueblo fue Guillermo desde el colegio con uno de los
profesores, que regres en seguida a su pas. Pero he aqu que, sin
saberse por qu causa, el caballo se asust y sali desbocado, tir al
cochero del pescante y por ltimo volc el carruaje. El cochero, temeroso
de que le achacasen la responsabilidad de lo ocurrido, huy, y el nio,
mal herido, fue recogido por nosotros. T eres pobre y desgraciado y
tienes ambicin. Si puieres ser rico y feliz ponte la ropa de Guillermo,
hazte pasar por l, y ste, vivo o muerto, ocupar tu lugar.
La tentacin era muy grande para que Paulino resistiera a ella.
Vio a Guillermo que estaba acostado en una pobre cama, plido,
perdido el conocimiento, y crey que le quedaban pocas horas de vida.
Puesto que el nio iba a morir qu perjuicio poda causarle aquella
sustitucin? Antoln, que lleg a su casa poco despus, acab de
convencerle. Paulino se despoj de su humilde ropa y se puso la de
Guillermo, que pareca hecha [36] para l. La bruja le pein como el otro
nio y el parecido aun fue ms notable.
-En pago de este servicio, le dijo Antoln, me dars todo el dinero
que puedas; si dejas de hacerlo descubrir la verdad y te volvers a tu
casa, despus de recibir un castigo.
Paulino prometi pagar aquel favor y al da siguiente parti para la
ciudad en compaa de Antoln. Nadie supo por entonces lo que haba sido
del cochero.
La madre de Paulino fue avisada por la bruja de que su hijo se haba
cado de un rbol; vistieron a Guillermo con la ropa del otro nio y la
pobre ciega pudo engaarse al pronto creyendo que aquel muchacho herido y
atacado de violenta calentura era realmente su hijo.
III
Cuando Antoln volvi, ya tena todo el dinero que los seores haban
dado a su supuesto hijo para que lo gastara en limosnas y diversiones.
[37]
-Esto va a ser una mina inagotable, dijo el hombre, as podremos
vivir sin trabajar, comiendo bien y bebiendo mejor.
El papel que quera representar Paulino era ms difcil de lo que
pens.
El seor del castillo observ bien pronto que el que crea Guillermo
haba atrasado en sus estudios y le obligaba a estar todo el da con el
libro en la mano.
Era un hombre desptico, un verdadero tirano en la casa, lo que
Paulino ignoraba, porque Guillermo no se haba lamentado nunca de esto con
l. Ya no tena el nio aquella hermosa libertad de que disfrutaba cuando
era pobre, ya no sala solo por el campo, ni poda hablar con ningn
amigo, ni hacer su gusto jams.
l crea antes que en las casas de los ricos todo era felicidad y se
convenca de que sta no se compra con dinero. A esto hay que aadir lo
que le costaba representar su papel cuando le hablaban de cosas
completamente ignoradas y a las que no tena ms remedio que contestar.
[38]
-Eres ms torpe cada da, le deca el [39] padre de Guillermo; estoy
deseando que vuelvas al colegio.
Y al terminar las vacaciones all le llevaron.
Se vio entre rgidos maestros, entre compaeros de clase elevada que
le trataban con insultante altivez, pues, aunque le crean de ilustre
familia, se juzgaban superiores a l por la educacin. Y si triste haba
sido su vida en la ciudad donde moraban los padres de Guillermo aun lo era
ms en aquel colegio cuyos profesores y condiscpulos eran extranjeros en
su mayor parte.
De pronto, y sin que supiera por qu, dej de recibir las cartas que
todas las semanas le enviaban los seores del castillo creyndole su hijo.
El director del colegio s tena noticias de ellos porque le pagaban
mensualmente. Llegaron las vacaciones y nadie le fue a buscar. Pas el
verano casi solo y muy aburrido.
IV
Una noche tuvo un sueo que le caus profunda impresin. [40]
Se hallaba con su madre en su pobre casita esperando a su padre;
aqulla le acariciaba como en otros tiempos y l era feliz pensando en que
si le faltaban riquezas le sobraba cario. Despus lleg el soldado
cubierto de laureles y mientras les refera sus hazaas miraba a su hijo
con ternura y luego le entregaba un reloj de oro, un bastn y otros
objetos. Pero de repente apareca el fantasma y arrancaba al nio de los
brazos de sus padres para arrojarle a un precipicio.
Se despert sobresaltado y entonces pens en lo mucho que sus
verdaderos padres le amaban, en las privaciones que por l se haban
impuesto, arrepintindose sinceramente de sus faltas.
Pero cmo remediar stas? Le pareci lo mejor confesar su culpa y
as lo hizo en una sentida carta dirigida a los padres de Guillermo.
Quince das despus enviaron en su busca a un criado con el que parti
para su pueblo.
Con que placer volvi a ver ste!
Sus altas montaas, sus hermosos bosques, sus arroyos de agua
cristalina, sus [41] poticas casitas y el soberbio castillo del que haba
querido ser amo!
Se dirigi ante todo a su antigua morada, donde le esperaba su madre
ya restablecida de su dolencia, y su padre que haba ganado grados y
cruces en el campo de batalla. Ambos le concedieron pronto su perdn.
All supo que poco despus de partir al colegio haban averiguado los
seores del castillo el accidente ocurrido a su hijo por la llegada del
cochero, que haba estado enfermo de gravedad, que Guillermo tambin les
haba escrito y que no dudaron que era Paulino el que haban enviado al
colegio y su hijo el que estaba en el pueblo con la mujer del soldado.
Despus supieron la intervencin de Antoln en el asunto, disfrazado de
fantasma para engaar mejor al nio, y por esto y por otros delitos haban
sido presos su mujer y l.
Decidieron dejar a Paulino en el colegio, hasta que se arrepintiera
de su falta, sin darle parte de lo ocurrido. Guillermo perdon de todo
corazn al que siempre quiso como a un amigo.
Desde entonces Paulino fue feliz en su casa, [42] en la que ya no se
viva con la estrechez de antes a causa del ascenso del soldado a oficial,
y comprendi que la dicha no consiste en vivir en la opulencia, sino en el
cario puro y desinteresado, en la paz de la familia, en la conformidad
con la suerte, y que lo mismo puede albergarse en la casa del rico que en
el humilde hogar del pobre.
[43]
El gato negro
Dos gatitos, nada ms, haba tenido la gata de Doa Casimira Vallejo,
y ya haban pedido a la citada seora nada menos que catorce. Y es que los
gatitos eran completamente negros, y sabido es que hay muchas personas que
creen que aqullos traen la felicidad a las casas.
De buena gana Doa Casimira no se hubiera desprendido de aquellos dos
hijos [44] de su Sultana; pero su esposo le haba declarado que no quera
mas gatos en su vivienda, y la buena seora tuvo que resignarse a
regalarlos el da mismo que cumplieran dos meses.
Mucho tiempo estuvo pensando dnde quedaran mejor colocados; el
vecino del piso bajo perda muchos gatos y no faltaba quien sospechase que
se los coma; el tendero de entrente los dejaba salir a la calle y se los
robaban; la vieja del cuarto entresuelo era muy econmica y no les daba de
comer; el cura tena un perro que asustaba a los animalitos; y as, de uno
en otro, result que los catorce pedidos se redujeron para Doa Casimira
solamente a dos, casualmente el nmero de gatos que tena. An as, no
acabaron sus cavilaciones.
Moro, el ms hermoso y ms grave de los dos gatitos, convendra
mejor a Doa Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que
tena una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos aos; pero Fgaro
(as nombrado por el marido de Doa Casimira por haberle hallado un
da jugando con su [45] guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy
armoniosamente)... Fgaro, que, segn decan, tena una vaga
semejanza con el barbero del nmero 8 de aquella calle, por lo que
haba merecido dos veces ser llamado de aquella manera, no estara
del todo bien en casa de don Serafn, cuyos nios eran muy
revoltosos y trataban con dureza a los animales.
Pero al cabo, como el tiempo urga, Morito fue entregado a Doa
Carlota y Fgaro a Don Serafn.
Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la
nia de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del cacallero, que tambin
era vecino de Doa Casimira, habitando en el otro tercero, no dudaron ya
que en sus moradas todo sera bienestar y ventura con haber llevado a
ellas a los dos gatitos.
Al pronto la casualidad vino a confirmar [46] aquella idea: Doa
Carlota gan un premio a la lotera y D. Serafn, que estaba cesante, fue
colocado con doce mil reales en un Ministerio.
-El gato negro! -exclamaban los chicos.
-El gato negro!
Lo que no impeda que Alejandro y Pepita maltratasen al pobre Fgaro,
que, cuando poda, se vengaba de ellos clavando en sus manos los dientes o
las uas; [47] pero como era tan pequeo no les haca gran dao.
En cambio Morito pasaba los das en la falda de su joven ama y las
noches en un colchoncito muy blando que hizo Blanca para el gato en cuanto
se lo dieron. Demostraba l su contento con ese ronquido acompasado que en
los gatos es indicio de felicidad completa, y es seguro que si hubiese
sabido hablar no hubiera dejado de decir a Doa Casimira que no poda
haberle proporcionado una casa mejor.
A los dos meses de estar Fgaro con Don Serafn, todo cambi en la
morada de ste: Alejandro estuvo gravemente enfermo con una erupcin, su
padre se qued cojo de una cada, una criada le rob los cubiertos, y
Pepita no cesaba de perder, ya pendientes, ya pauelos, ya muecas.
-Vaya una suerte que nos ha trado el gato negro! -decan mirndole
con rabia.
En cambio Blanca estaba cada da mejor de salud, le regalaban muchos
juguetes y pareca que la prosperidad haba entrado en su casa con Morito.
Hablando un da D. Serafn con la vecina [48] del piso entresuelo,
delante de los dos nios, en tono de burla, de la felicidad que les haba
llevado el gato negro, la seora le dijo:
-Hay dos clases de gatos negros: unos que dan la ventura y otros que
la quitan. Aunque hijos de la misma gata, es fcil que Moro sea un gato de
los buenos y Fgaro de los malos. Usted, amigo mo, ha tenido la mala
suerte, merecindola mejor que Doa Carlota.
Alejandro se qued muy preocupado al or aquello, y Pepita ms. A los
dos se les ocurri lo mismo: puesto que los gatos eran iguales, por qu
no los haban de cambiar? Haba en la casa un patio muy pequeo al que
daban las cocinas de Doa Carlota y D. Serafn, viniendo las ventanas una
enfrente de otra. Por all se haban asomado muchas veces los vecinitos
Alejandro y su hermana para hacer muecas a Blanca, y [49] sta para
ensearles sus juguete. El nio, que era muy malo, dijo a Pepita que se
fingiera amiga de la hija de Doa Carlota para entrar en la casa ms
fcilmente y coger al gato, a lo que ella se prest gustosa porque ya
miraba a Fgaro con horror.
Aquello fue muy fcil: Blanca, con permiso de su madre, convid
varias veces a Pepita a almorzar con ella. Las nias jugaban juntas y
salan tambin a paseo.
Aprovechando una de estas salidas, fue Alejandro un da a casa de
Doa Carlota y dijo a la criada, que sin desconfianza le hizo pasar, que
iba a esperar la vuelta de su hermana porque tena un recado urgente que
darle.
La criada se volvi a la cocina, y entretanto el nio pas al
comedor, donde dorma el gato junto al brasero, y cogi a Moro, que no
opuso la menor resistencia porque era muy manso. Lleg a la antesala, dej
abierta la puerta y, entrando en su casa, encerr al gato en su habitacin
y llev a Fgaro al comedor de al lado. Pero si era fcil que confundieran
a los dos gatos, [50] no poda evitarse que ellos extraasen cuanto les
rodeaba; as es que Fgaro fue enseguida a esconderse debajo del aparador
para que nadie le viera.
Cuando Doa Carlota volvi de paseo con las nias, lo primero que
hizo Blanca fue llamar a Morito; pero el gato no sali como de costumbre.
-No s qu le pasa hoy a Moro -dijo Alejandro-; est debajo del
armario y grue cuando se le quiere sacar de su escondite.
-Habr algn ratn -dijo Doa Carlota.
Pepita y su hermano se marcharon, diciendo [51] que al da siguiente
no podran volver porque esperaban a un pariente que vena de fuera.
Y aguardaron las venturas que el nuevo gato haba de llevar a la
casa.
Pero la mala suerte no se interrumpa. Como D. Serafn, a causa de la
pierna rota, haba dejado de ir a la oficina, ocurri que por la noche le
llevaron la cesanta. Mas los nios dijeron que aquello se haba firmado
cuando an estaba en la casa Fgaro.
As pasaron unos das, sin que Pepita y Alejandro hubieran ido a ver
a Blanca.
Los gatos salan ya a comer, pero no se dejaban tocar todava.
Un sbado estaban limpiando las cocinas en ambas casas. Fgaro, en la
de Doa Carlota, se asom a la ventana y reconoci, no sin asombro, a la
criada de D. Serafn, que antes le daba carne cruda todas las maanas.
-Aquella s que es mi casa -debi decirse-, pero se qued un tanto
parado al ver un gato igual a l en el cuarto de enfrente. [52]
En cuanto al Morito, miraba aquellas cacerolas tan relucientes,
aquellos platos blancos con flores de colores donde le servan la leche, y
hasta vea sus dos cazuelas, que la cocinera acababa de fregar, lo mismo
que cuando coma l.
-All viva yo -pens sin duda-; y por cierto que estaba mejor que
aqu.
La criada de Doa Carlota empez a llamarle: l se refregaba contra
la ventana y haca mil demostraciones de jbilo.
Al fin Fgaro mir al patio y pareci medir la distancia que le
separaba de la ventana vecina. Moro lo comprendi y, sin reflexionar, dio
un gran salto, cayendo aturdido a los pies de la cocinera de Blanca.
-Este s que es mi gato -deca la buena mujer acaricindole-. Bien
sospechaba yo que aqu haba ocurrido alguna cosa. Esos infames chicos de
al lado son los culpables.
Entretanto Fgaro habla saltado tambin; pero como la criada de D.
Serafn haba salido de la cocina para abrir la puerta de la calle, porque
acababan de llamar, no se enter de aquel cambio de gatos. [53]
Alejandro y Pepita siguieron creyendo que Moro estaba en su casa y
Fgaro en el otro tercero.
Mas las desdichas continuaban y no saban a qu achacarlas ya.
Con este motivo Fgaro llevaba algunas palizas diarias, y el gato,
que era reflexivo, pens que le tendra ms cuenta volverse a la casa de
al lado. Era fcil saltar por el mismo camino; pero ay! el pobre gato
midi mal la distancia y fue a parar a una tabla, donde Doa Casimira
pona el botijo para que se refrescase el agua, lastimndose un poco.
Fgaro conservaba un vago recuerdo de aquella casa, en la que haba
pasado sus primeros meses, y all fue recibido con entusiasmo para
reemplazar a Sultana que acababa de morir en los brazos de su duea.
Llev Fgaro la desgracia a su nueva morada? No por cierto. Doa
Casimira continu, como antes, siendo la mujer ms afortunada de la
tierra, como lo eran Doa Carlota y Blanca.
Don Serafn muri, dejando sus hijos a [54] a cargo de un pariente,
que les encerr en colegios a fin de que cambiaran su mala condicin; y
los nios, pensando en que ya no tenan el gato negro, llegaron a
convencerse de que ste no llevaba la buena ni la mala suerte, sino que la
desgracia estaba en ellos, que realmente no merecan otra cosa.
As, un da que fueron a visitar a Doa Casimira, dieron a Fgaro
bizcochos y queso, que el gato se comi demostrndoles despus su gratitud
con un araazo.
Su nueva duea dedujo que Fgaro haba reconocido a Alejandro y a
Pepita: era un gato muy inteligente.
[55]
Ginesillo el tonto o La casa del duende
El tren correo acababa de llegar a la estacin de Santa Marina y de
l se ape, entre otras muchas personas, un viajero joven, sencillo pero
elegantemente vestido, que iba sin duda para asistir a las [56] fiestas
del citado pueblo, que empezaban aquella noche.
No saba el caballero que ya no se encontraba en la posada, con
honores de fonda, ni una habitacin disponible; juzgaba cosa fcil tener
albergue en la pequea poblacin. A la primera pregunta que hizo sobre el
particular pudo comprender el error en que estaba; todo haba sido cedido
o alquilado a parientes, parroquianos o amigos, hasta las guardillas,
hasta los pajares, hasta las cuadras.
-Qu voy a hacer si no hallo dnde pasar la noche? -se pregunt el
viajero.
Andando a la casualidad vio en una calle estrecha, fea y sucia, una
casa muy vieja, compuesta de dos pisos, con ventanas, detrs de la que se
extenda un mal cuidado jardn. Todo pareca indicar que el citado
edificio estaba abandonado por completo; los cristales cubiertos de polvo
y telaraas, los muros en estado medio ruinoso, la puerta un tanto
desvencijada. Pegado en ella se vea un papel amarillento en el que apenas
podan leerse estas palabras, escritas con una letra gruesa y desigual:
Se alquila [57] o se vende. En el nmero 8 darn razn. La casa tena el
nmero 4, por consiguiente el forastero encontr sin dificultad el lugar
donde podan darle noticias respecto a aquel viejo edificio. Una nia de
diez a once aos se hallaba a la entrada ocupndose en recoger alguna ropa
lavada que haba tendido al sol para que se secase.
-Se puede ver la casa que tiene el nmero 4? -pregunt el caballero.
La muchacha le mir con verdadero asombro y no respondi.
-He visto que se alquila o se vende -prosigui l-, y como me figuro
que no ha de ser cara, tomndola por unos das resuelvo el difcil
problema de tener dnde dormir en este pueblo durante las fiestas.
-Pero de veras quiere usted entrar ah? -murmur al fin la nia.
-Si no hay inconveniente...
-Inconveniente no, pero...
-Explcate con claridad -dijo el viajero viendo que ella no
prosegua.
-Es el caso, repuso la nia, que esa casa, llamada la del duende, no
se abre hace lo menos veinte aos, y durante ese tiempo [58] nadie ha
venido a pedir a mi padre la llave para verla.
-Y por qu se llama del duende? -interrog el joven.
-Ah! no es sin razn, caballero. Viva en ella hace mucho tiempo un
avaro muy viejo y muy rico. Tena guardado su oro en un agujero que nadie
conoca y, a pesar de esto, l notaba que las monedas iban disminuyendo
poco a poco. Un da se escondi para sorprender al ladrn, y vio que era
un duendecillo muy pequeo. Cuando el avaro quiso acercarse a l, el
duende desapareci como por encanto. Desde entonces el viejo vivi con
gran desasosiego y algunos dijeron que se haba vuelto loco, siendo su
mana que le robaban. Lo cierto es que una maana amaneci muerto y, aun
que se dijo que se haba suicidado en un acceso de locura, nadie dud en
el pueblo que el duende le haba asesinado para robarle, pues no se
encontr nada de su dinero. La casa qued abandonada, habitndola slo el
duende, que contina en ella, aunque no le ve nadie.
Y cmo se sabe que contina? [59]
-Porque durante la noche se ilumina todo el piso alto y porque cuanto
se le pone a la puerta desaparece al dar las doce.
Y sigui contando al forastero cmo para apaciguar al duende era
preciso hacerle obsequios de ms o menos valor, pero que l admita
siempre. Si enfermaba una gallina, para que no muriese, la duea
depositaba una cesta con algunos huevos a la puerta de la casa del duende;
si era una vaca, se le pona una cantarita de leche; si se presentaba mal
la cosecha, se haca el ofrecimiento, que ms adelante se cumpla si
resultaba buena o aun mediana, de darle un saco con el mejor trigo; el
duende aceptaba las ofertas y tena la amabilidad de devolver, pero
vacos, la cesta, la cantarita y el saco. Nadie le vea cuando recoga los
regalos, porque sala tan tarde! nada menos que a las doce de la noche,
cuando all todo el mundo se acostaba a las nueve en verano y a las ocho
en invierno.
[60]
A pesar de estas noticias, el forastero insisti en que quera pasar
all la noche, y la muchacha le dijo que esperase a que [60] su padre
llegara para que le entregase la llave. Antes de que esto ocurriese,
apareci en aquella calle un grupo compuesto [61] de una docena de chicos
que perseguan a un pobre nio de fisonoma dulce y simptica, vestido
humildemente con un pantaln remendado y una blusa azul algo descolorida
por el uso. Iba sin gorra y llevaba los pies descalzos.
-Ah viene Ginesillo el tonto -murmur la nia.
-Y quin es el que tal nombre lleva? pregunt el caballero.
-Es el hijo de la ta Micaela, viuda de Nicols el tonto.
-Y son todos tontos en esa familia?
-Si el padre lo era qu quiere usted que sea el hijo?
Entre tanto los muchachos empujaban a Gins hacia la casa del duende,
resistindose el nio, en cuyo rostro se marcaba un profundo terror, a
acercarse all.
-Que le haga una visita al duende! -exclam un chico.
-Ofrezcmosle a Ginesillo para que se acaben los tontos del pueblo
-aadi otro.
-Y que se quede con l y no devuelva ms que la blusa -prosigui un
tercero.
-Metmosle por una ventana que tenga [62] los vidrios rotos -dijo el
primero que haba hablado.
El viajero tuvo que intervenir en el asunto y, gracias a su energa,
los muchachos dejaron en paz a Ginesillo. ste, apenas se vio libre, ech
a correr, no sin dirigir antes una mirada de gratitud a su defensor.
Poco despus lleg el padre de la nia que entreg al joven la llave
de la casa del duende para que la viera.
Era un edificio feo y sin comodidades de ningn gnero en su
interior. Slo dos cosas excitaron la atencin del caballero: la primera,
que en una de las guardillas haba un catre con un colchn en el que se
notaba que una persona haba dormido, y [63] la otra, que en la cocina se
vean restos de comida y en una de las hornillas algunos carbones que
parean haber sido apagados poco antes. Aquello no poda ser del tiempo
del avaro, muerto haca nada menos que veinte aos, y si haba dicho
verdad la muchacha, nadie haba entrado all despus de aquel trgico
suceso.
En otra pieza del piso principal vio una cama algo mejor que la de la
guardilla, que pens elegir para pasar la noche. El resto del mobilario
estaba deteriorado y cubierto de polvo.
El forastero alquil la casa por quince das, pag adelantado y se
fue luego a comer a la posada.
Al pasar por la calle peor del pueblo, vio a la entrada de su mala
choza a Ginesillo el tonto y a su madre, una pobre mujer de la que todos
se burlaban, igual que de su hijo, por lo que produjo al caballero la ms
profunda compasin.
Despus de cenar y presenciar una parte de las fiestas nocturnas, el
joven se dirigi tranquilamente hacia la casa llamada del duende. Al
divisarla de lejos le pareci [64] que, en efecto, el piso superior estaba
iluminado, pero al acercarse ms advirti que era el reflejo de la luna en
los cristales, puesto que al llegar junto a la casa aquella luz haba
desaparecido.
-Todo ser lo mismo -murmur el joven-, en esto no debe haber una
palabra de verdad.
Delante de la puerta vio una jarra con miel, una cesta con fruta y
una botella con vino. Abri, subi la escalera y entr en el cuarto que
haba elegido para alcoba. All una buja, pues haba comprado un paquete
de ellas en el pueblo, y se ech vestido en la cama. Al mirar su reloj vio
que marcaba las once y media y, recordando que el duende recoga a las
doce sus provisiones, se asom a la ventana y estuvo en acecho, cuidando
de no llamar la atencin ni asustar al habitante de la singular casa.
Al sonar la primera campanada, el joven noto que la puerta se abra
sin ruido y que un brazo corto, que terminaba en una mano pequea, coga
la jarra primero y despus la cesta y la botella. [65]
Una vez hecho esto volvi a cerrar despacio y el caballero oy unos
ligeros pasos por la escalera. Apag su buja, pero cuando se acerc a la
puerta de su alcoba no vio nada ni pudo averiguar ms. Aunque no muy
tranquilo, volvi a echarse en la cama y, despus de luchar algunos
minutos con el sueo, se qued profundamente dormido.
A la maana siguiente vio la jarra, la cesta y la botella vacas
junto a la puerta de la casa.
A nadie dijo lo que haba ocurrido el da precedente, se pas la
tarde disfrutando de todas las fiestas, y hasta muy entrada la noche no
regres a su nuevo domicilio.
Le pareci indigno el temor que haba sentido el da antes y decidi
hacer algunas averiguaciones respecto al duende. Pero, aunque se asom a
las doce, registr la casa y observ todos los rincones, no hubo nada de
particular y lleg a pensar que lo visto la noche anterior haba sido un
sueo.
A la siguiente se dispona a echarse en la cama, cuando oy en la
pieza de arriba ligero rumor de pasos. [66]
-Ser algn gato? -se pregunt el forastero-; slo un duende podra
andar de esa manera. Es preciso que suba despacio y que me entere bien de
lo que pasa.
Dej transcurrir un cuarto de hora y luego, procurando hacer el menor
ruido posible, subi la escalera y lleg a la guardilla, pero no encontr
a nadie all.
A la noche siguiente ocurri lo mismo respecto a los ligeros pasos, y
cuando se diriga hacia la escalera hall ante s la puerta cerrada con
llave que le impidi seguir sus investigaciones. No dud ya que el duende
saba su presencia en la casa y que hua de l; as es que decidi
esconderse para sorprender al que se ocultaba. Al otro da, en vez de
permanecer en su cuarto, se qued en la guardilla detrs de la puerta.
Apenas haba pasado una hora oy las leves pisadas, y el duende penetr en
su alcoba, donde no encendi luz. Al caballero le pareci un hombrecillo
de corta estatura, pero no hubiera podido asegurar nada, porque apenas se
vea en la habitacin, dbilmente iluminada por un plateado rayo de luna
que penetraba por las rendijas de [67] la ventana. El joven sac entonces
una buja que haba llevado, aplic una cerilla y no pudo contener un
movimiento de sorpresa al ver echado ya en el catre, a Ginesillo el tonto.
El nio se levant extendiendo sus suplicantes manos haca l, y le habl
de este modo:
-No me pierda usted, no descubra a nadie que me ha visto.
-Pues explcame sin reticencias ni falsedades tu presencia en esta
casa.
-S, seor -balbuce el nio-; sintese usted y se lo dir todo.
Y cuando el forastero hubo ocupado la nica silla que haba all,
empez la historia en estos trminos.
-Usted sabe bien que en todos los pueblos hay algn pcaro que se
finge tonto, y el de Santa Marina hace veinte aos rob al seor que viva
en esta casa, sin que nadie lo sospechase. Mi padre, que lo vio, no quiso
delatarle porque haba sido amigo suyo; pero desde entonces se le hall
ms preocupado y ms silencioso cada da, por lo que al morir el ladrn -a
quien no aprovech el robo, pues apenas vivi tres [68] meses despus de
cometerlo- fue tenido l por tonto tambin. Mi pobre padre sufri mucho
con eso, porque nadie quera darle trabajo, y se vio obligado a gastar
poco a poco sus economas.
Apenas muri, despus de una breve enfermedad, [69] mi madre tuvo que
ponerse a servir para mantenerme, y yo hered la fama de tonto que tena
mi padre, por mi carcter tmido y medroso. Cuando fui mayor, pens sacar
partido de lo que llamaban mi tontera, en provecho de mi madre. -El
pueblo entero se re de m, me dije, pues yo me reir ms de l. -Y una
noche me introduje en la casa del duende y vi que no haba en ella nada
extrao, y que mi madre y yo podamos dormir perfectamente, dejando bien
cerrada nuestra choza, ella en la cama del avaro y yo en el catre donde
descansaba un criado a quien despus ech. Estas noches usted le ha
quitado la cama a mi madre, que se ha quedado en nuestra cabaa. Entramos
aqu por la puerta del jardn, pues tenemos todas las llaves de la casa
que el ladrn, que las mand hacer, se dej un da olvidadas en la nuestra
despus de cometer el robo, y contando una historia hoy, inventado un
suceso raro maana, logr que nadie dudase de la existencia del duende y
que le hicieran ofrecimientos de huevos, pan, leche y otras cosas con las
que nos mantenemos [70] mi madre y yo. Lo que los dos ganamos trabajando,
cuando hay en qu, lo ahorramos, y el da que tengamos bastante dinero nos
iremos muy lejos para vivir en paz. Esto es cuanto puedo decirle,
caballero.
-Pero eso -dijo el joven-, no me explica tu terror cuando queran
encerrarte en la casa del duende...
-Era fingido, yo no tema nada.
-Pues entonces eres un gran actor.
-S, seor, pero encargado siempre del papel de tonto.
El forastero le prometi callar y lo cumpli, dndole antes de
marcharse una cantidad de dinero para que el nio y su infeliz madre
pudieran dejar ms pronto aquel lugar y la miserable vida que en l
llevaban. Les ofreci tambin su apoyo para que lograran trabajar, sacando
buen producto, en la ciudad que l habitaba.
Al da siguiente pudo ver cmo se burlaban del chico los muchachos,
pero al partir llevaba la conviccin de que la persona ms inteligente de
Santa Marina era aquel nio a quien llamaban Ginesillo el tonto. [71]
El pozo mgico
Una tarde, que los padres an no haban vuelto de trabajar en el
campo, se hallaba Juanito en su bonita casa compuesta de dos pisos, al
cuidado de una anciana encargada de atender a las faenas de la cocina,
mientras sus amos procuraban sacar de una ingrata tierra lo preciso para
el sustento de todo el ao. [72]
La casa era el solo bien que los dos labradores haban logrado salvar
despus de varias malas cosechas; era herencia de los padres de ella y por
nada del mundo la hubieran vendido o alquilado.
Juanito se hallaba en la sala, una habitacin grande, alta de techo,
con dos ventanas que daban al campo, amueblada con sillas de Vitoria, un
rstico sof, una cmoda, con una infinidad de baratijas encima, y dos
mesas.
A una de las ventanas, que estaba abierta, se acerc por la parte de
fuera un hombre mal encarado, vestido pobremente y con un fuerte garrote
en la mano. Hizo sea a Juanito de que se acercara y le pregunt, cuando
el muchacho estuvo prximo, dnde se encontraba su padre.
-En el campo grande -contest el nio.
-Y dnde es eso? -prosigui el hombre.
-Por lo visto es V. forastero cuando no lo sabe. Mire por donde yo
sealo con la mano. Ese sendero de ah enfrente tuerce a la izquierda,
sale a una explanada, luego...
-No hay quien lo entienda -interrumpi [73] el hombre-; y el caso es
que urge verle para el ajuste de los garbanzos y de la cebada. No podras
acompaarme?
-Mis padres me han prohibido salir de casa, y si falto a su orden me
castigarn.
-Ms podrn castigarte si pierden la venta por ti.
-Y qu he de hacer, entonces?
-Acompaarme si quieres y si no dejarlo, que har el trato con otro
labrador.
-Es que -prosigui el nio-, dicen que hay dos secuestradores en el
pas y por eso mis padres temen que salga.
-Yo te respondo de que yendo conmigo no los encontrars; adems llevo
un buen palo para defenderte.
-Los ha visto V?
-S, iban a caballo, camino del molino viejo.
-Entonces no hay temor, porque tenemos que ir hacia el lado opuesto.
Vamos.
Juanito sali, guiando al hombre por la senda que antes indicara.
La tarde era clara y serena, brillaba el sol en un cielo sin nubes y
el calor se dejaba sentir con fuerza, porque ni un rbol [74] daba sombra
a aquel campo sembrado de trigo a derecha e izquierda. Un estrecho sendero
conduca al lugar, an muy distante, donde los padres del nio se hallaban
trabajando. Pero antes de llegar a la explanada de que hablara Juanito, el
hombre lanz un silbido extrao y un joven se present casi en seguida
llevando un caballo de la brida. A una sea del que haba obligado al
pequeo Juan a salir de su casa, el joven mont y el nio se vio cogido
por unos robustos brazos y colocado sobre el caballo tambin. Grit
pidiendo auxilio, pero al instante un pauelo fue puesto sobre su boca
para ahogar su voz y ya no hubo defensa posible para la infeliz criatura.
El caballo iba a galope y Juanito vea al pasar, con vertiginosa
rapidez, los carros cargados de paja que volvan al pueblo, las yuntas
que, terminados los trabajos, iban a encerrar, algunos labradores que se
retiraban a sus hogares; pero todo de lejos y sin que ningn hombre fijase
su atencin en l.
A pesar de aquella carrera, el camino le [75] pareca muy largo; al
fin el joven hizo parar el caballo, baj al nio y, sin soltarle, abri
una puerta que conduca a un vasto terreno que debi ser jardn en otro
tiempo; le introdujo all, volvi a cerrar con llave y le dej solo sin
ocuparse al parecer ms de l.
Juanito no pudo contener sus lgrimas al ver las altas tapias que
hacan de aquel paraje una prisin de la que era imposible huir. Anduvo
despus largo rato, hasta que rendido se par en un ngulo del terreno,
donde haba un pozo rodeado de jaramagos y florecillas silvestres. Aquel
sitio inculto tena un misterioso encanto para l.
Lleg la noche, y cansado, sintiendo hambre y sed, se ech no lejos
del pozo y al fin se durmi.
A la maana siguiente uno de los bandidos, el primero que vio, fue a
despertarle y le oblig a firmar un papel para su padre en el que le deca
que los secuestradores le mataran si no les entregaba quinientos duros
por su rescate.
-Y es la verdad -aadi el hombre-, si no pagan te tiraremos a ese
pozo.
Los labradores en balde buscaron aquel [76] dinero; en tan breve
plazo nadie quera comprarles su casa ni dar nada a prstamo.
Juanito, que no haba comido desde el da anterior, senta
indefinible malestar y a veces le pareca que una nube velaba sus ojos.
Lleg la noche y los bandidos no parecieron. El nio se acerc al
pozo y cosa rara! crey ver que en el fondo brillaba una luz.
-Estar soando? -se pregunt Juan.
Y sigui mirando, pero el pozo era muy hondo y no se vea si tena
agua o estaba seco.
Poco despus una voz, de mujer o de nio, cant dentro del pozo el
siguiente romance con una msica dulce y un tanto montona:
Haba en una ciudad
un bello y juicioso nio,
a quien unos malhechores
lograron poner cautivo.
Le llevaron engaado
a una casa con sigilo
donde haba un gran terreno
que antes jardn hubo sido, [77]
rodeado de altas tapias,
con arbustos ya marchitos,
rboles mustios o secos
y un pozo, medio escondido,
en un bosque de rastrojo,
de gran abandono indicio;
pidieron por el muchacho
un rescate los bandidos,
mas siendo los padres pobres
y careciendo de amigos,
en balde fueron buscando
aquel oro apetecido,
precio de la libertad
del idolatrado hijo.
Por vengarse, los ladrones
presto hubieron decidido
arrojar en aquel pozo
al pobre muchacho vivo,
y sin escuchar sus ruegos
aquellos hombres indignos,
levantndole en sus brazos
le lanzaron al abismo.
Antes de llegar al fondo
los ngeles, tambin nios,
quiz hermanos por el alma
del prisionero afligido,
trocaron las duras piedras [78]
por un csped duro y fino
y bellas flores silvestres
de nombres desconocidos,
que en algn jardn del cielo
acaso hubieron cogido,
y entonces el secuestrado,
no esperando tal prodigio,
hall al caer aquel lecho
donde se qued dormido...
La voz se fue extinguiendo poco a poco, y Juanito no oy las ultimas
palabras del romance. Pero aquel canto le haba llenado de esperanza;
saba que si le arrojaban al pozo no tendra nada que temer. Mir hacia el
fondo y observ que la luz, que poco antes viera brillar, haba
desaparecido.
Se ech sobre la hierba y esper con relativa tranquilidad la vuelta
de los malvados secuestradores. stos llegaron a las doce de la noche, muy
disgustados porque los padres de Juanito no haban depositado el dinero en
el sitio indicado, pues los infelices no haban encontrado ni la vigsima
parte de lo pedido.
[79]
-Le arrojaremos al pozo mgico -dijo [79] el ms joven sealando al
nio-. Esos rsticos no habrn dejado de dar aviso de lo que ocurre a la
guardia civil y, para probar que no somos nosotros los secuestradores,
[80] tenemos que desembarazarnos del chico. Cmo creeran que no ramos
culpables si hallaban al muchacho con nosotros?
-Y no le buscarn en el pozo? Y a propsito de ste, por qu le
llamas mgico? -pregunt el otro bandido.
-Porque algunas veces se oyen en el gritos y en el pueblo aseguran
que est encantado.
-Y t lo crees?
-Yo no, pero lo llamo as por costumbre que tengo de orlo.
Siguieron hablando y por ltimo se acercaron a Juanito y, sin
atender, a sus ruegos, le arrojaron al pozo.
El pobre nio perdi el conocimiento antes de llegar al fondo, as es
que no supo si haba all el lecho de flores arreglado por los ngeles sus
hermanos.
Cuando volvi en s se hall en un pequeo cuarto y acostado en una
humilde cama. Un hombre y una muchacha velaban junto a l. El primero, sin
hacerle pregunta alguna, le dio algn alimento que reanim sus fuerzas,
mientras la segunda le miraba con cariosa curiosidad. [81]
Cuando el hombre sali, Juanito se atrevi a preguntar a la nia
dnde se encontraba.
-Mi padre me haba prohibido hablarte para que no te fatigaras -dijo
ella-, pero ya que te muestras curioso... Has odo cantar al pozo mgico?
-S, quin cantaba?
-Eso qu importa? Todo lo que deca el romance se ha realizado. En
el fondo del [82] pozo no haba agua ni duras piedras, has cado sobre
paja y heno. Luego mi padre te ha cogido en sus brazos y te ha trado aqu
para avisar a tu familia, a la que conoce y quiere porque tu padre le
salv la vida cuando los dos eran soldados. Desde el fondo del pozo se oye
todo lo que traman los secuestradores y mi padre ha evitado por eso
algunos crmenes. La casa que ellos ocupan est en la parte alta del
camino y la nuestra en la ms baja; el pozo tiene una abertura que pone en
comunicacin esta vivienda con la otra, obra que hicieron unos
contrabandistas en otro tiempo, pero que los secuestradores ignoran. Hay
un camino subterrneo que llega a nuestro pequeo jardn. Para que tu
ilusin fuese ms completa, puse margaritas y amapolas en el fondo del
pozo, pero como te desmayaste no lo has visto. Ya iremos all otro da.
La llegada del padre de la muchacha puso trmino a la conversacin;
pero como a la maana siguiente Juanito estuviese ya bueno, tuvo deseos de
ver el fondo del pozo con su nueva amiga. sta abri una [83] puerta que
haba en un cobertizo que daba al jardn y ambos penetraron en un
subterrneo estrecho y hmedo, llegando finalmente al pozo donde Juanito
haba cado. El nio cogi unas margaritas y prometi que las guardara
siempre.
Sobre sus cabezas, arriba, oase un fuerte altercado; era que iban a
prender a los secuestradores. stos queran probar su inocencia negando
haber robado a Juan, y casi haban convencido a sus perseguidores, cuando
una voz infantil dijo desde el fondo del pozo:
-S, son ellos los que me robaron, lo declaro para que no puedan
hacer lo mismo con otros nios!
-El pozo mgico! -exclam el ms joven de los secuestradores.
Aprovechando su estupor, los que iban en su busca se apoderaron de
l. El otro se defendi a tiros; una de las balas hiri mortalmente a su
compaero y l cay al suelo tambin muerto por uno de sus contrarios.
Aquella misma tarde, Juanito fue devuelto a sus padres, que no podan
casi creer [84] fuese cierta la ventura de volver a verle, pues imaginaban
que haba sido ya asesinado.
Con cunta efusin se abrazaron luego los dos antiguos soldados! El
padre de Juanito al saber que su amigo y su hija eran muy pobres, se los
llev a su casa donde compartieron con la familia los trabajos del campo,
abandonando aqullos su humilde vivienda. La comunicacin con el pozo fue
tapiada y el terreno donde se ocultaban los secuestradores convertido en
hermosa huerta.
Juanito sinti siempre el ms vivo afecto por la muchacha, a la que
hacia cantar muy a menudo aquel romance que le oy por primera vez en el
fondo del pozo mgico.
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